¿A la izquierda le importan los pobres?

Publicado el 1 de diciembre del 2016

La primera vez que escuché el término “caviar” fue en la Francia de Francois Mitterrand, en donde se hizo popular el concepto: el sujeto de izquierda, solidario con los pobres en el discurso, pero que en lo hechos le gusta vivir como rico. El del individuo que raja del capitalismo, disfrutando de los bienes y servicios que este produce. El que recomienda detener la acumulación rentando del discurso anticapitalista.

Escuché el concepto con escepticismo porque venía de un hogar de izquierda y era muy joven aún. Venía de un Perú en el que un pequeño Toyota nuevo costaba la impagable suma de US$ 25,000. Venía de vender mi VW escarabajo por US$ 5,000para vivir un año en Europa. Y en ese contexto tuve la ocasión de conocer a ese profesor miembro del Partido Comunista que nos llevaba en su Peugeot enorme y del año, a tomar champagne y comer foie gras a casa de sus suegros.

Fue mi primer paso de huida de esa creencia pseudo religiosa contraria al capital privado que es el socialismo. No podía dejar de pensar en ello mientras remojaba los bocadillos de tostaditas con hígado de pato y breves sorbos de un burbujeante Moet Chandon. Me preguntaban sobre la pobreza rural en el Perú (que yo conocía poco) y del “éxito” de la estatización de la banca de fines de los ochenta. Me interrogaban sobre la “guerra interna” con cierta simpatía al MRTA. Y salud. Y qué rico está ese queso azul.

Esa distancia de la realidad, sazonada de conceptos y propuestas desafortunados, se repite permanentemente en el pensamiento de la izquierda contemporánea. En el caso francés de aquella época y de un sector “progresista” del Perú contemporáneo, dicha desconexión toma un giro trágico cuando se extiende a las políticas públicas.

El caso del acceso al agua potable es grave. Cerca de dos millones de limeños y diez millones de peruanos no tienen acceso al agua potable en conexión domiciliaria. Esto debido a que las empresas de agua están en manos estatales; a diferencia de, por ejemplo, las privatizadas empresas telefónicas que compiten y son reguladas, logrando que el acceso a comunicación telefónica se acerque a la universalidad. Sabemos que, con los servicios estatales, los pobres del Perú pagan más cara el agua que los ricos. Y que ello es consecuencia de la ineficiencia de las empresas públicas capturadas por grupos de interés, principalmente sindicatos. Pero eso no le importa a la izquierda. Lo que le importa es que no se privatice el agua; porque el agua no se vende, el agua se defiende.

Es evidente que la gestión privada de las empresas de servicios públicos es más beneficiosa para el ciudadano de bajos ingresos y menos onerosa para el Estado, que no debe subsidiar (como en el caso de Petroperú). Sin embargo, lo que prima en el pensamiento de izquierda es el anticapitalismo, o la otra cara de la misma moneda, el proestatismo.

No sorprende entonces que los voceros del Frente Amplio sean los únicos que se oponen a la inversión privada en infraestructura y servicios públicos en general. Sin duda disfrutan de los aeropuertos concesionados, de los smartphones capitalistas, del servicio telefónico privatizado y del boom gastronómico empresarial (Gastón es el capitalista peruano por antonomasia). Pero cuando se trata de los camiones cisternas y las poblaciones no atendidas por Sedapal, miran a otro lado ¿Será que los pobres no les interesan? No creemos que sea algo consciente, aunque sin duda es de naturaleza similar a lo de los caviares franceses.

 

Daniel Córdova

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