La cultura del guachimán

Publicado el 1 de diciembre del 2016

¿Podrá el Estado sacudirse de su “burocratismo”?

El trámite suele ser denso y la excusa, la seguridad. Es una herencia de los años del  terrorismo. El Ministerio está resguardado por una empresa de seguridad privada. Ingresar no es fácil, sobretodo si uno no va a ver al Ministro, si no a funcionarios de logística ansiosos de cumplir con procedimientos, con normas al pie de la letra.  Como el protocolo que el guachimán debe cumplir.

—¿Usted labora acá? – Nos pregunta el señor de uniforme marrón desaliñado.

—No señor. Pero la señorita X nos ha reservado cochera.

—¿Su nombre señor?

—Daniel Córdova.

—Segundo apellido.

—Cayo.

—DNI…

Entonces el guardia apunta en chiquito y en un rincón, que seguro olvidará a los dos minutos, la información proporcionada. Camina hacia su caseta. Consulta con su colega. Habla por teléfono  largamente. Ya van cinco minutos. Regresa.

—No hemos recibido correo, nos dice el guardián. Debe ingresar por la puerta que se encuentra a la vuelta.

—Pero señor ¿No lo llamaron para darle mi nombre?

—No señor, el pedido se debe hacer por correo. Nosotros no hablamos con nadie.

—Bueno, está hablando conmigo ahora mismo – empecé a perder la paciencia.

—Por favor, señor movilícese.

A buscar cochera se ha dicho. Damos las vueltas del caso. Encontramos una. Caminamos rápido. Estamos atrasados para la reunión en la que debemos acordar un nuevo plazo para la entrega de un trabajo. Y es que nos han hecho observaciones demorándose más de dos meses, cuando el contrato decía que debían demorarse máximo 10 días. Y se nota, ya que nos llegan observaciones de forma y fondo que suman cerca de 300 páginas, imposibles de absolver en 10 días.

Felizmente el ingreso por la puerta peatonal ha mejorado. Y el ascensor ya tiene un sistema automático que evita esperar demasiado el ascensor. No es como en otro Ministerio en el que surge la frecuente pregunta:

—¿Tiene “lactóc”?

—Si señor, también smartphone.

—Disculpe debo apuntar el número de serie.

Número de serie que por un misterio aún no resuelto no es verificado al salir.

Llegamos al piso de logística. Hay otro guachimán. Lo juro. Así es casi todos los Ministerios (no en todos, de hecho cada uno tiene un protocolo distinto).

—Nombre, apellido, segundo apellido, DNI…

Y el cuaderno en donde se apunta a mano ahora es más ordenado. Aunque no siempre. En realidad debe depender de cuan ordenado es el guachimán de turno que llama a la secretaria de nuestro anfitrión. Ella felizmente contesta, porque puede suceder que no lo haga por largos minutos.

Nos instalan en una sala de reuniones pequeña. Todavía no hemos visto una foto de PPK. Ya llegarán, pienso. Nos recibe una joven de la gestión anterior algo ansiosa. No puede evitar empezar a increparnos porque ella redactó las cartas que nos denegaban la ampliación del plazo por criterios legales. No sabe responder por qué no se aplican esos mismos criterios al Estado, la contraparte de nuestro contrato que no nos pidió que esperemos dos meses para darnos sus frondosas observaciones.

Empezamos a inquietarnos. Llegan algunas caras largas adicionales. Al final la directora, sonriente, relajada. Constatamos que aun no conoce a sus colegas del Ministerio. Recién se están conociendo. El resto de la reunión tarda 10 minutos. La mitad del tiempo transcurrido entre nuestra llegada al estacionamiento y nuestro ingreso a la sala. La flamante directora arregla las formalidades siempre con una sonrisa amable en la boca.

—Lo que queremos es que lo que se entregue esté bien hecho – Nos dice.

—Gracias. Es justamente lo que buscamos: unos días más para tener un buen producto y se pueda lanzar el proyecto que tanto necesita dicha región – retrocamos.

“Ahora solo falta que hable con la empresa de seguridad para que hagan más amable el ingreso al Ministerio”, me provoca decirle. Y me voy con la esperanza de que estos nuevos vientos alcancen a todos los Ministerios y dependencias públicas. Además de a los servicios de seguridad, por supuesto.

 

Por: Daniel Córdova

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