La gran minería motor del desarrollo local

Publicado el 1 de diciembre del 2016

Cómo relanzar los proyectos paralizados por los antimineros

Escribo estas líneas desde la convención minera más grande del mundo. Observo la naturalidad con que se habla del negocio y se exponen máquinas enormes o pequeñas, cuyo común objetivo es hacer que los costos de extraer mineral bajen y se incremente la productividad. No puedo dejar de pensar en lo extraño que es para el común de los ejecutivos presentes que existan autoridades locales en el Perú que se oponen a la gran minería. Con el nuevo gobierno, el Perú se ha convertido en un atractivo lugar para invertir, pero aún están presentes los recuerdos de Conga y Tía María. Y aún no hay evidencia de que el nuevo gobierno haya entendido lo que hay que hacer para sacar estos proyectos adelante.

 

La oposición a la minería es de origen político e ideológico, no “social”. Sus raíces son las mismas que las del socialismo. Antes la oposición a la minería era por la “explotación” del trabajador minero. “Los señores de la mina han comprado una romana para pesar el dinero que toditas las semanas le roban al pobre obrero”, era parte de la letra de una canción “de protesta” compuesta durante la guerra civil en España. Recuerdo haberla escuchado cantar a fines de los años setenta a profesores del colegio los Reyes Rojos nada más y nada menos que en el hotel de la minera Buenaventura en Huancavelica. Esto causó un altercado con un militar presente, quien no podía tolerar que se insulte en su casa a don Alberto Benavides (cuyo hijo filósofo era profesor en dicho colegio, si mal no recuerdo). Al final todo se arregló felizmente.

 

Con el tiempo, se fue haciendo evidente que trabajar en una mina es un privilegio. Son los obreros y trabajadores mejor pagados. Ahí donde hay una mina formal, los pobladores buscan trabajar en ella. Con el tiempo también fue surgiendo la conciencia ecológica en el mundo. La izquierda entonces reemplazó las banderas de la explotación del obrero por el ambientalismo ideológico para servir a su mismo fin: la oposición al capitalismo. Y paradójicamente la gran minería comenzó un camino de buenas prácticas ambientales irreversible.

 

Tambo Grande fue el primer proyecto de envergadura que se paralizó sobre la base de mentiras “ecológicas”. Unos publicistas muy creativos, que después se arrepintieron de lo que hicieron, lograron hacerle creer al país que nos íbamos a quedar sin limones por la inversión de la minera Manhattan en Piura ¡El ceviche iba a desaparecer porque la minería iba a destruir la agricultura de dicho valle! Luego vino el mito del cerro Quillich (cerro sagrado) y finalmente el de Conga, que supuestamente le iba a quitar agua a la agricultura. Poco importó que se demostrara que Conga iba a generar presas y que con ellas iba a sobrar agua, o que aquello de cerro sagrado no se lo crea ni el más ignorante de los cajamarquinos. El hecho es que la riqueza se quedó ahí, enterrada, como está enterrada en Tía María.

 

Hay quienes creen que el tema se resuelve con la pura comunicación. No es así. Lo que va a destrabar esos proyectos es un arduo trabajo político y técnico que se resume en una frase: la minería trae el desarrollo local. El Estado y la empresas deben generar desarrollo agrícola (riego, inversión moderna), escuelas equipadas, hospitales, agua y saneamiento, etc. Los alcaldes, los dirigentes comuneros y Juntas de regantes deben involucrarse en ello. Nada de eso se ha estado haciendo con la fuerza debida en los proyectos en problemas. Pues ya es hora, porque la minería puede traer desarrollo sostenible y diversificado, si los recursos que genera son bien administrados.

Daniel Córdoba

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